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mina

lunes, 7 de marzo de 2011

"La elegancia del erizo", Muriel Barbery

Los que tengáis relación con el deporte y sobre todo con la danza seguro entenderéis por qué me he tomado la molestia de transcribir este fragmento de "La elegancia del erizo" de Muriel Barbery. Aún no he terminado de leer el libro, pero este fragmento me ha dejado un sabor de boca muy agradable. Reconozco que en la primera lectura el impacto fue brutal, ahora la intensidad ha caído, pero no el significado.

Hace poco me preguntaron qué jugador de fútbol me gustaba (no me gusta el fútbol, salvo honrosas excepciones en que he visto partidos con mi padre o con amigos y más por el rito social que por el evento deportivo). La pregunta se refería a la belleza de los jugadores, no a sus resultados deportivos:
-Zidane
-¿te parece guapo Zidane?- totalmente sorprendido. El chico es más joven que yo, y yo más joven que Zidane (hay hombres que todavía no entienden que los calvos pueden ser muy atractivos...)
- Hombre, además de que es muy guapo, lo que me gusta es, no sé, que es... elegante. Si. Es elegante y proporcionado. Daba gusto verlo correr. Tenía una zancada preciosa.
Podéis imaginar la cara de sorpresa que se le quedó a mi interlocutor... Un argentino con el don de la palabra que jamás hubiese imaginado que una chica dedicada a la danza calificase a un futbolista de "elegante".

"Se me hizo la luz cuando los del equipo neozelandés empezaron su haka. Entre ellos había un jugador maorí muy alto y muy joven. Era éste el que había atraído mi atención desde el principio, sin duda por su estatura primero, y luego también por su manera de moverse. Un tipo de movimiento muy curioso, muy fluido pero sobre todo muy concentrado, quiero decir muy concentrado en si mismo. La mayoría de la gente cuando se mueve lo hace en función de lo que tiene alrededor. Justo en este momento, mientras escribo, Constitución pasa por delante de mí arrastrando la tripa sobre el suelo. Esta gata no tiene ningún proyecto en la vida y sin embargo se dirige hacia algo, probablemente un sillón. Y eso se ve en su manera de moverse: va hacia algo, y recalco el “hacia”. Mamá acaba de pasar en dirección a la puerta principal, se va a hacer la compra y de hecho, ya está fuera, su movimiento se anticipa a sí mismo. No sé muy bien cómo explicarlo, pero cuando te desplazas, de alguna manera ese movimiento hacia algo te desestructura: estás ahí y a la vez ya no estás porque ya estás yendo a otra parte, no sé si me explico. Para dejar de desestructurarse, habría que dejar de moverse por completo. O te mueves y ya no estás entero, o estás entero y no te puedes mover. Pero ese jugador en cambio, en cuanto salió al terreno de juego sentí con respecto a él una cosa distinta. La impresión de verlo moverse, si, pero a la vez seguía ahí. Absurdo, ¿verdad? Cuando empezó el haka yo sobre todo lo miraba a él. Saltaba a la vista que no era como los demás. De hecho, Cassoulet nº1 dijo: “Y Somu, el temible zaguero neozelandés, sigue impresionándonos con sus hechuras de coloso; dos metros siete, ciento dieciocho kilos, once segundos en los cien metros, ¡una monada de criatura, si, señor! Tenía hipnotizado a todo el mundo pero nadie sabía exactamente por qué... Sin embargo, el motivo se hizo patente durante el haka: se movía, hacía los mismos gestos que los demás (darse palmadas en los muslos, aporrear el suelo rítmicamente, tocarse los codos, todo ello clavando los ojos en los del adversario con aire de guerrero nervioso) pero, mientras que los gestos de los demás se dirigían a sus adversarios y hacia todo el estadio que los estaba mirando, los gestos de este jugador permanecían en él, y ello le confería una presencia y una intensidad increíbles. Y como consecuencia de ello, el haka, que es un canto guerrero, adquiría toda su fuerza. Lo que hace la fuerza del soldado no es la energía que emplea en intimidar a su adversario enviándole un montón de señales, sino la fuerza que es capaz de concentrar en si mismo. El jugador maorí se convertía en un árbol, un gran roble indestructible con raíces profundas, que irradiaba una fuerza poderosa, de la que todo el mundo era consciente. Y sin embargo, uno tenía la certeza de que ese gran roble también podía echar a volar, que iba a ser tan rápido como el viento, a pesar de, o gracias a sus grandes raíces.

Entonces, a partir de ese momento me puse a seguir el partido con atención buscando siempre lo mismo: esos momentos compactos en que un jugador se convertía en su propio movimiento sin la necesidad de fragmentarse dirigiéndose hacia algo. ¡Y vi montones de ellos! En todas las fases del juego: en las melés, con un punto de equilibrio evidente, un jugador que encontraba sus raíces, convirtiéndose así en una pequeña ancla bien sólida que le daba su fuerza al grupo; en las fases de despliegue, con un jugador que encontraba la velocidad precisa al dejar de pensar en anotar, al concentrarse en su propio movimiento, y que corría como si estuviera en estado de gracia, con el balón pegado al cuerpo; en la exaltación de los pateadores, que se aislaban del resto del mundo para encontrar el movimiento perfecto del pie. Pero ninguno llegaba a la perfección del gran jugador maorí. Cuando marcó el primer ensayo para Nueva Zelanda, papá se quedó como atontado, con la boca abierta, sin acordarse de beberse su cerveza. Debería haberse disgustado porque él iba con el equipo francés, pero en lugar de eso dijo: “¡Vaya jugador!”, pasándose la mano por la frente. Los comentaristas eran un poco reacios a prodigarse en alabanzas, pero con todo tampoco lograban ocultar que acabábamos de presenciar algo verdaderamente bello: un jugador que corría sin moverse dejando a todo el mundo atrás. Eran los otros los que parecían hacer movimientos frenéticos y torpes, incapaces de alcanzarlo."


Al leer esta parte del libro me vino en seguida a la cabeza la conversación. Y he recordado por qué me apasiona lo que hago.

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